Miraba a sus amigas con sus vidas perfectas, con sus novios perfectos y se miraba a si misma, y una sensación de asco la envolvía hasta sumergirla en una realidad que le producía convulsiones, que la estremecía hasta el punto de repugnarle más que ninguna otra cosa.
Miraba a sus amigas y sabía que ellas nunca se habían encontrado jamás en ninguna de aquellas estaciones que ahora ella vagamente recordaba, sabía que jamás habían mirado al cielo de la forma en que ella lo había hecho, había dado y arriesgado más por una esperanza que lo que cualquiera de ellas pudiera imaginar y sin embargo de nada servía todo eso, sólo para entristecerle la mirada mientras el resto sonreía.
Mientras todos eran capaces de charlar animadamente y reír alrededor de una cena, ella solo era capaz de hacer casi palpable su ausencia, ese estar sin estar que le costaba grandes esfuerzos esquivar.
Miraba aquellas caras felices faltas de preocupación y se preguntaba que le faltaba a ella para poder tener eso, que era o que no era para no tenerlo, y volvía a mirarse a si misma para ver a un monstruo, el monstruo como el que se concebía.
Miraba aquellas caras felices faltas de preocupación y se preguntaba que le faltaba a ella para poder tener eso, que era o que no era para no tenerlo, y volvía a mirarse a si misma para ver a un monstruo, el monstruo como el que se concebía.
No podía entender su propia vida, demasiado desordenada, a veces caótica, a veces reducida a unos instantes casi agónicos frente al vater tras escupir su alma como si fuera un pedazo innecesario de si misma, toda un vida abreviada en pocas palabras o en momentos claves que solo ella conocía, su vida a menudo demasiado dividida entre lo que era y lo que parecía ser, como un espejo que se negaba a reflejar la imagen correcta andaba diciendo ser feliz y callando sus tristezas.
De vuelta en casa, en Madrid, de vuelta y sola, de vuelta y sintiéndome miserable, gorda, asquerosa.

